
Cerdeña es una bonita isla en medio del mar Mediterráneo. Una gran isla. La mayor del citado mare nostrum. En general, nos ha gustado. Pero, en particular, tiene tres grandes cuestiones que le hacen perder, a mi juicio, ese carácter paradisíaco que algunos le atribuyen.
Primero, el inmenso calor reinante, que, según nos dicen, es habitual en verano.
Segundo, las enormes dificultades que se presentan para los desplazamientos por carretera.
Tercero, la inaccesibilidad de esas supuestas paradisíacas playas.
Lo primero adquiere caracteres, a veces, inhumanos. Al menos, así ha sido durante nuestra estancia los primeros días de julio, con temperaturas superando sin dificultades los 35 grados centígrados y una humedad relativa casi siempre más bien absoluta. Eso todos los días, excepto el que cruzamos a Córcega, que alcanzamos, según el policía de aduanas del puerto de Bonifacio, los 38 grados.
Los desplazamientos por carretera merecen capítulo aparte. Nosotros llegamos en barco desde Barcelona con nuestro coche a Porto Torres, en el noroeste de la isla. Nuestro hotel se ubicaba en el nordeste, en el corazón de la afamada Costa Esmeralda. Un recorrido que, en circunstancias normales, nos hubiera llevado poco más de una hora, se prolongó hasta dos y media, después de curvas y más curvas de estrecha carretera.
Si pretendes conocer la isla, olvídate, a menos que estés dispuesto a tirarte la mayor parte de los días en el coche en lugar de en la playa. Y ya no te digo si pretendes hacerlo en bicicleta: son constantes subidas y bajadas, curvas y contra curvas sin fin.


Ni siquiera pretendas conocer la famosa Costa Esmeralda a menos que dispongas de helicóptero.
Y si se te ocurre, como a nosotros, pasar un día en la cercana isla de Córcega, has de saber que es todavía, con diferencia, más montañosa que Cerdeña. Del puerto de Bonifacio hasta la capital Ajaccio, donde nació Napoleón (y, por cierto, nunca volvió), hay 125 kilómetros y más de dos horas y media de trayecto, con todavía más curvas, contra curvas, subidas y bajadas, que hasta a uno que le encanta conducir como a mí, terminan por hartar.

Y a continuación, la cuestión de la accesibilidad de las playas sardas. Misión casi imposible. Después de ocho días, no podemos certificar lo paradisíaco de las mismas. Hemos visto algunas digamos normales y un par de ellas muy buenas en la Costa Esmeralda. Las más afamadas de las que nos habíamos informado, hemos sido incapaces de encontrarlas, por más vueltas que hemos dado.
La única, llamada Licia Ruja, en Cala Volpe, estupenda, pero se accede por un camino de tierra, del que nos percatamos por casualidad, y tras varios kilómetros casi impracticables y polvorientos, llegamos al aparcamiento. Tras dejar el coche, otro buen rato de tragar polvo hasta la maravillosa playa. ¿Lo peor? Pensar que, al acabar nuestra agradable estancia en tan estupenda playa, nos esperaba otra caminata hasta el coche.
La otra buena playa es la del Grand Hotel in Porto Cervo, donde nos hemos alojado.

Fabuloso lugar, en un entorno privilegiado, tranquilo, muy agradable. Perfecto. Y del que hemos disfrutado tras llegar a la conclusión de que Cerdeña parece organizada en plan digamos semiprivado, con acceso a los lugares quizá auténticamente paradisíacos desde los hoteles o las innumerables mansiones que se divisan por doquier.
Respecto a la cuestión de los precios, solo decir que en eso sí sabíamos a lo que nos exponíamos y decidimos asumirlo. Como único ejemplo, por una botella de vino rosado llegaron a pedirnos en un restaurante sin aire acondicionado 47€.
Sin lugar a dudas, paradisíacas, accesibles y asequibles, nuestras islas. Y punto.


No hay comentarios:
Publicar un comentario